Raúl Dubón

Hinkelammert Democracia y Totalitarismo

Democracia y totalitarismo constituye uno de los esfuerzos teóricos más ambiciosos producidos desde América Latina en la década de los ochenta. Su propósito no es descriptivo ni meramente político: Franz Josef Hinkelammert —filósofo y economista alemán radicado en Costa Rica y estrechamente vinculad

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Análisis de

Democracia y totalitarismo

de Franz Josef Hinkelammert

Segunda edición. DEI, San José de Costa Rica, 1990

_Análisis académico

1. Introducción

El problema central del libro

Democracia y totalitarismo constituye uno de los esfuerzos teóricos más ambiciosos producidos desde América Latina en la década de los ochenta. Su propósito no es descriptivo ni meramente político: Franz Josef Hinkelammert —filósofo y economista alemán radicado en Costa Rica y estrechamente vinculado al Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI)— construye una arquitectura teórica que permite comprender por qué la democracia liberal, lejos de ser el antídoto natural al totalitarismo, porta en su lógica interna las condiciones de su propia degradación totalitaria. La tesis central puede formularse con precisión: el mercado total, erigido como principio absoluto de organización social, destruye las condiciones materiales de la vida humana y produce formas de poder que, aunque se autoproclaman democráticas, funcionan según la lógica del control absoluto.

El libro nació de una urgencia histórica concreta. Las dictaduras de Seguridad Nacional que asolaron América Latina desde los años sesenta —Brasil, Chile, Uruguay, Argentina, El Salvador, Guatemala— no eran simples anomalías del progreso político; eran, en la lectura de Hinkelammert, la realización consecuente de una racionalidad económica que subordina la vida humana a los imperativos del mercado. Las "democratizaciones" que comenzaban a producirse en los años ochenta —apoyadas entusiastamente por Estados Unidos— no restablecían la democracia liberal sino que instalaban una nueva forma de dominación: la democracia de Seguridad Nacional, en la que el poder militar mantiene la soberanía real mientras el poder civil ejerce una autonomía vigilada y subordinada.

El problema central del libro no es, pues, la democracia como forma procedimental (mecanismos electorales, separación de poderes), sino la democracia como estructura de poder en relación con la economía y sus fundamentos materiales. Hinkelammert pregunta: ¿qué condiciones económicas hacen posible una democracia real?, ¿qué racionalidad sostiene al mercado total y por qué esa racionalidad tiende a producir totalitarismo?, ¿cómo se forma el sentido común que legitima ese orden? Y, finalmente: ¿cuál es el recurso teológico y ético capaz de fundar una resistencia al sacrificio de la vida humana en nombre de la eficiencia del mercado?

Contexto teórico

El libro se inscribe en la tradición de la teoría crítica latinoamericana, pero la trasciende mediante un diálogo profundo con la filosofía social europea. Sus interlocutores principales son Max Weber (la racionalidad formal y la cuestión de los valores), Carl Schmitt (lo político y la relación amigo-enemigo), Marx (la economía política y la crítica del capital), John Locke (la teoría liberal de la democracia y los derechos humanos) y la teología de la liberación latinoamericana —especialmente Gustavo Gutiérrez, Jon Sobrino y el propio equipo del DEI. A estos interlocutores directos se suman Rousseau, Schumpeter, Popper, Hayek, Milton Friedman y los teólogos del neoconservadurismo norteamericano (Michael Novak), cuyo pensamiento Hinkelammert analiza para mostrar cómo la teologización del mercado produce el fundamento ideológico del totalitarismo contemporáneo.

La obra fue concebida como un conjunto de artículos y conferencias escritas entre 1979 y 1987, pero está organizada con una coherencia arquitectónica rigurosa: la primera parte establece los fundamentos de economía política (la reproducción de la vida humana como última instancia); la segunda despliega el análisis político (democracia, poder, mercado total, Estado de Seguridad Nacional); y la tercera introduce la dimensión teológica (teología de la liberación, fetichismo, el Dios de la vida). Las tres partes no son yuxtaposición sino progresión argumentativa: sin la primera, la segunda carece de fundamento; sin la segunda, la tercera carece de interlocutor.

2. Estructura de la obra: economía, política y teología

El libro se organiza en tres partes que corresponden a tres registros analíticos articulados entre sí. No se trata de tres aproximaciones independientes a un mismo fenómeno, sino de tres niveles de una misma problemática: la reproducción de la vida humana bajo las condiciones del capitalismo tardío y el mercado total.

La Parte I —Economía y reproducción de la vida humana— establece el marco categorial fundamental. Hinkelammert distingue con precisión entre economía política (que parte de la reproducción de los factores de producción, especialmente la reproducción material de la vida humana, como su problema constitutivo) y la teoría neoclásica (que desplaza ese problema hacia la asignación óptima de recursos dados). Esta distinción no es meramente académica: tiene consecuencias políticas directas. Una economía que borra el problema de la reproducción de la vida no puede sino convertirse en ideología de la muerte. Los cuatro capítulos de esta parte abarcan desde los problemas actuales de la economía política hasta las condiciones estructurales para una política del desarrollo sustentable, pasando por un análisis minucioso de la división social del trabajo y su relación con los modos de coordinación de las decisiones económicas.

La Parte II —Política, Democracia y Economía— es el núcleo argumentativo del libro. Aquí Hinkelammert desarrolla su crítica a la racionalidad formal weberiana (capítulo 1), su análisis del concepto schmittiano de lo político (capítulo 2), su teoría de la democracia como estructura de jerarquización de derechos humanos a través de relaciones de producción (capítulo 3), y sus análisis de la política del mercado total (capítulo 4), del paso del mercado total al imperio totalitario (capítulo 5) y de la democracia de Seguridad Nacional en América Latina (capítulo 6). Esta parte es la que más directamente da respuesta a la crisis política latinoamericana de los años ochenta.

La Parte III —Teología de la Liberación: el Dios de la Vida y la Vida Humana— introduce la dimensión religiosa y mítica, que Hinkelammert considera irreductible en el análisis de las legitimaciones del poder. Aquí se examina la institucionalización del carisma cristiano y los problemas del fundamentalismo (capítulos 1 y 2), y se desarrolla la tesis central de la teología de la liberación: el Dios de la Vida como categoría crítica frente al fetichismo del mercado (capítulo 3). Esta parte no es un anexo religioso al análisis social: es la consecuencia lógica de la demostración de que tanto el neoliberalismo como el fundamentalismo cristiano son teologías políticas, y que la crítica a ellos requiere una contrapropuesta también teológica.

La articulación entre las tres partes descansa sobre una tesis de fondo: las relaciones económicas, las estructuras políticas y los marcos mítico-religiosos son momentos de un sistema de reproducción social que, en el capitalismo tardío, converge hacia la producción y legitimación del sacrificio de la vida humana. Comprender este sistema requiere los tres registros.

3. Núcleo teórico

La reproducción de la vida humana como última instancia

El argumento más poderoso y original del libro —que Hinkelammert desarrolla desde el primer capítulo y que opera como eje de toda la construcción— es el reconocimiento de la reproducción material de la vida humana como última instancia de toda decisión económica y política. Esta tesis es, a la vez, analítica (describe una condición objetiva del proceso de trabajo) y normativa (establece el criterio de racionalidad material de cualquier sistema económico).

La argumentación parte del análisis del proceso de trabajo. Un proceso de trabajo requiere, además de medios de producción y tiempo de trabajo, la existencia del productor mismo: sin vida del sujeto que trabaja, no hay proceso productivo posible. Esta condición no es un juicio de valor ni una opción ideológica, sino una necesidad lógica derivada del análisis instrumental de las condiciones de posibilidad de la producción. La vida del productor es, en sentido estricto, la condición de posibilidad del proceso de trabajo mismo.

"La reproducción material de la vida humana es la última instancia de toda vida humana y por tanto de su libertad: el hombre muerto —o amenazado de muerte— deja de ser libre, independientemente del contexto social en el cual vive."

Esta tesis tiene consecuencias directas para la crítica a la teoría neoclásica. Al desplazar el problema económico de la reproducción hacia la asignación óptima de recursos, la economía neoclásica borra precisamente aquella dimensión que hace posible juzgar cualquier sistema económico según un criterio de racionalidad material. El resultado es que la teoría neoclásica, al tautologizar la eficiencia del mercado, no puede sino presentar como "óptima" cualquier asignación que el mercado produzca —incluso aquella que destruye las condiciones de reproducción de amplias franjas de la población. La tautología weberiana se repite aquí: el mercado produce el único resultado posible, por tanto ese resultado es racional; y si produce miseria y exclusión, ello es consecuencia de interferencias externas al mercado.

El análisis de la división social del trabajo refuerza esta conclusión: un sistema de división del trabajo solo es factible —puede existir a largo plazo— si produce las condiciones materiales de reproducción de todos sus productores. La factibilidad no es un criterio técnico abstracto, sino un criterio material: depende de la posibilidad efectiva de que los sujetos que producen puedan también reproducir su vida. Ninguna complementariedad formal de los procesos de trabajo puede sustituir este criterio material de factibilidad. El sistema que destruye la vida de sus productores se destruye a sí mismo, aunque sus fórmulas de asignación sean formalmente impecables.

Diferencia entre economía política y teoría neoclásica

La distinción que Hinkelammert establece entre economía política y teoría neoclásica es una de las contribuciones analíticas más precisas del libro. No se trata de una distinción política entre capitalismo y socialismo, sino de una distinción epistemológica y metodológica sobre el punto de partida de la teoría económica.

La economía política —que Hinkelammert rastrea desde Smith, Malthus y Ricardo hasta Marx— parte de la reproducción de los factores de producción. El salario de subsistencia en Ricardo, la teoría de la población de Malthus, la teoría del valor-trabajo y los esquemas de reproducción del capital en Marx: todos comparten la preocupación por saber qué condiciones hacen posible que el sistema productivo se reproduzca en el tiempo. Esta pregunta implica necesariamente tomar en cuenta la vida de los productores como condición de posibilidad del proceso productivo.

La teoría neoclásica, en cambio, parte del problema de la asignación óptima de recursos escasos dados. Al sustituir la pregunta por la reproducción por la pregunta por la eficiencia asignativa, la teoría neoclásica cancela precisamente aquella dimensión en que el sistema económico puede ser juzgado según la vida o muerte de sus participantes. Lo económico se reduce a la relación entre preferencias subjetivas y restricciones presupuestarias: el problema de la subsistencia desaparece del análisis. El resultado es que la teoría neoclásica, al presuponer que el mercado produce siempre el equilibrio óptimo, no puede reconocer las crisis de reproducción que el propio mercado produce —el desempleo estructural, la pobreza, la destrucción ambiental— sino como "distorsiones" ocasionadas por interferencias externas.

Hinkelammert es cuidadoso en un punto importante: no identifica economía política con marxismo. Hay una economía política burguesa (Smith, Marshall, Keynes) que es distinta de la economía política marxista, pero comparte con esta el reconocimiento de la reproducción como problema central. El pensamiento neoclásico, en cambio, rompió con ambas tradiciones. Esta distinción le permite a Hinkelammert construir una crítica que no es simplemente una defensa del marxismo, sino una reivindicación de la dimensión reproductiva de la teoría económica frente a su reducción a una técnica de optimización.

Crítica a la racionalidad instrumental

La crítica a Max Weber es uno de los ejes fundamentales del libro, y constituye uno de los análisis más originales que Hinkelammert realiza. La tesis central es la siguiente: la metodología de Weber, que proclama la imposibilidad de que la ciencia derive valores, realiza en sus análisis concretos exactamente lo contrario. Weber deriva los valores de la sociedad burguesa —propiedad privada, mercado libre, disciplina del trabajo— en nombre de la ciencia, pero por una vía indirecta: en lugar de derivarlos positivamente (como hacían los iusnaturalistas de la Ilustración), los deriva negativamente, descalificando todas las alternativas como "no factibles".

El mecanismo funciona así: la ciencia puede determinar qué es posible y qué no lo es. Lo que no es posible no puede ser objeto de una decisión racional. Al argumentar que todas las alternativas al capitalismo son "no factibles" —que el socialismo pleno no puede funcionar racionalmente, que la economía planificada no puede superar el problema del cálculo económico—, Weber elimina del campo de las decisiones políticas legítimas todo lo que no sea compatible con las relaciones capitalistas de producción y con la racionalidad formal del mercado. El resultado es que los valores de la sociedad burguesa quedan como los únicos racionalmente admisibles, no porque se hayan demostrado como los mejores, sino porque todos los demás han sido declarados ilusorios.

Este mecanismo —que Hinkelammert llama, siguiendo a Kolakowski, "chantaje con una sola alternativa"— se convierte en el procedimiento dominante de la ciencia social burguesa desde Weber hasta el neoliberalismo contemporáneo. Popper lo reproduce cuando descalifica toda "ingeniería social holística" como utopía peligrosa. Hayek lo reproduce cuando declara que cualquier planificación lleva necesariamente al totalitarismo. Friedman lo reproduce cuando presenta al mercado como el único sistema compatible con la libertad. En todos los casos, el argumento no demuestra que el capitalismo sea bueno, sino que las alternativas son imposibles.

La consecuencia política de este mecanismo es decisiva: al declarar como "no científicas" o "utópicas" las demandas de derechos económicos —derecho al trabajo, a un ingreso digno, a la reproducción de la vida—, la ciencia burguesa no solamente descalifica intelectualmente esas demandas, sino que las transforma en amenazas al orden racional. El que exige el cumplimiento de los derechos económicos no está haciendo política; está, en la lógica weberiana-neoclásica, desafiando las leyes de la realidad. Y quien desafía las leyes de la realidad es, inevitablemente, un enemigo del orden.

La relación economía-política

La relación entre economía y política que Hinkelammert construye es mucho más sofisticada que la simple reducción de lo político a lo económico. No se trata de un determinismo economicista, sino de una articulación en la que la economía provee el marco de factibilidad dentro del cual la política opera, mientras la política provee las condiciones institucionales y coercitivas mediante las cuales el orden económico se reproduce.

La tesis central en este punto es que toda democracia se constituye mediante la jerarquización de los derechos humanos a través de las relaciones sociales de producción. No existe una democracia "neutral" o "formal" que sea independiente de las relaciones de producción: toda democracia concreta expresa, bajo la forma de un principio de jerarquización de los derechos, un determinado modo de regulación del acceso a la producción y distribución de los bienes materiales. En la democracia liberal burguesa, ese principio es la propiedad privada; en la democracia socialista, es la satisfacción de necesidades; en la democracia de Seguridad Nacional, es la expansión irrestricta del mercado.

Esta relación entre economía y política tiene una consecuencia crucial: la crisis económica —la incapacidad del sistema de producción de integrar materialmente a la mayoría de la población— produce inevitablemente una crisis política. Si la democracia liberal de masas presupone la integración económica de todos como ciudadanos, y si el mercado total produce exclusión masiva, entonces la democracia liberal de masas no puede sostenerse. O se convierte en democracia de minorías (regresando a una restricción de los derechos políticos), o se convierte en democracia de Seguridad Nacional (manteniendo las formas electorales pero subordinando el poder civil al poder militar soberano).

4. Democracia y poder

La democracia liberal como ideología

La crítica de Hinkelammert a la democracia liberal es una de las contribuciones más radicales y polémicas del libro. Su argumento no es que la democracia sea falsa o que no valga nada, sino que la democracia liberal en su forma real —no en su formulación ideal— opera como mecanismo de reproducción de un determinado orden de relaciones de producción, y que ese mecanismo incluye estructuralmente la posibilidad de suspender los derechos democráticos de quienes cuestionan ese orden.

La demostración parte de un análisis de las teorías clásicas de la democracia —Locke, Rousseau, Marx-Lenin— que muestra lo siguiente: todas ellas comparten una estructura común, independientemente de sus diferencias sustantivas. Todas parten de la afirmación de derechos humanos universales y todas desembocan en la postulación de la suspensión legítima de esos mismos derechos frente a quienes los amenazan. Esta suspensión no es una aberración de la democracia, sino un componente estructural suyo: el Estado democrático se constituye precisamente como el poder que garantiza los derechos humanos mediante la posibilidad de violarlos legítimamente frente a los violadores.

Pero Hinkelammert va más lejos. El mecanismo de suspensión de derechos no opera solamente frente a violadores de normas específicas (criminales), sino que opera ideológicamente frente a quienes cuestionan el principio de jerarquización mismo —es decir, frente a quienes desafían el modo de regulación del acceso a la producción y distribución de bienes que funda el orden democrático dado. Este es el mecanismo que Hinkelammert llama "inversión ideológica de los derechos humanos": los derechos humanos se invocan como razón para violar los derechos humanos de quienes cuestionan el sistema que los derechos humanos presuntamente garantizan.

La inversión ideológica tiene una estructura maniquea: el opositor al principio de jerarquización es presentado como enemigo de la humanidad, como amenaza al conjunto de los derechos humanos. En nombre de la defensa de todos los derechos de todos, se suspenden todos los derechos del opositor. El ejemplo histórico más analizado por Hinkelammert es John Locke: el mismo filósofo que proclamó la igualdad natural de todos los hombres y la universalidad de los derechos naturales, justificó la esclavitud, la tortura y el despotismo absoluto frente a quienes cuestionaban la propiedad privada como ley de la naturaleza.

Esta estructura se reproduce en las democracias latinoamericanas de los años ochenta con una claridad pasmosa. El gobierno de Reagan declaró a Nicaragua como "Reino del Mal" y justificó la guerra de los contras —que producía masacres de civiles— como defensa de la democracia y los derechos humanos. Los partidos de la democracia cristiana en Chile apoyaron el golpe de Pinochet en nombre de la salvación de la democracia. En todos los casos, la lógica es la misma: en nombre de la democracia, se destruye la democracia; en nombre de los derechos humanos, se violan los derechos humanos.

El Estado de Seguridad Nacional

El análisis del Estado de Seguridad Nacional y su transformación en democracia de Seguridad Nacional es, posiblemente, el aporte más directamente político y más políticamente urgente del libro. Hinkelammert argumenta que las "democratizaciones" que se producían en América Latina a lo largo de los años ochenta —en Brasil, Uruguay, Argentina, Perú, El Salvador, Honduras— no restablecían la democracia liberal sino que institucionalizaban una nueva forma de poder en la que el Estado de Seguridad Nacional se racionalizaba bajo apariencia civil.

La diferencia entre democracia liberal y democracia de Seguridad Nacional puede formularse con precisión: en la democracia liberal, existe un solo poder político soberano, dividido funcionalmente en poderes que se equilibran entre sí, generado democráticamente mediante elecciones y frente al cual ningún poder político alternativo es legítimo. En la democracia de Seguridad Nacional, en cambio, existe un doble poder: el poder civil, surgido de elecciones, que tiene autonomía pero no soberanía; y el poder militar, que mantiene la soberanía real y actúa como garante en última instancia del orden constitucional. Las FF.AA. convocan las constituyentes, les fijan los límites de deliberación, dan el visto bueno a las constituciones resultantes y se reservan el derecho de declarar el estado de excepción.

Hinkelammert muestra que este esquema no es simplemente latinoamericano: es la dirección hacia la que tiende toda democracia liberal cuando el capitalismo no puede integrar económicamente a la mayoría de la población. La "democracia controlada" (Huntington), la "democracia gobernable" (Trilateral Commission), la "democracia limitada" (Hayek) son todas fórmulas que expresan la misma necesidad: limitar el poder de la voluntad mayoritaria cuando esa voluntad amenaza las relaciones de producción que el orden democrático presupone. El límite es siempre el mismo: ninguna mayoría puede legítimamente alterar las relaciones capitalistas de producción.

La paradoja que Hinkelammert señala es profunda: la democracia liberal, al universalizar el voto, se convierte en su propio verdugo. Cuando la población excluida económicamente —que votaría por transformar las relaciones de producción— alcanza el poder político, la democracia liberal tiene que destruirse a sí misma para sobrevivir como democracia burguesa. Es exactamente esto lo que ocurrió en Chile en 1973.

Mercado total y tendencias totalitarias

La sección sobre el mercado total es una de las contribuciones más originales del libro y la que más directamente apunta al análisis del neoliberalismo realmente existente. Hinkelammert argumenta que el neoliberalismo no es simplemente una política económica, sino una ideología que ha absolutizado el mercado como principio de organización total de la sociedad y que, por esa absolutización, tiende estructuralmente hacia el totalitarismo.

El mecanismo es el siguiente: el mercado total parte de la tesis de que el automatismo del mercado es la institución perfecta de coordinación social. Si hay crisis, pobreza, desempleo o destrucción ambiental, no es culpa del mercado sino de las interferencias al mercado. La solución es siempre la misma: más mercado. Este razonamiento es, en sentido estricto, tautológico: los efectos destructivos del mercado se explican por la insuficiente extensión del mercado, cuya solución es la extensión total del mercado. El mercado es perfecto; si hay imperfecciones, son externas al mercado.

Esta lógica tiene una consecuencia política ineludible: cualquier interferencia al mercado —regulación estatal, organización sindical, legislación social, protección ambiental, moratoria de deuda— aparece como obstáculo ilegítimo a la institución perfecta. Y los que promueven esas interferencias aparecen como enemigos de la racionalidad, de la libertad y, en la versión teologizada, de la voluntad de Dios. La resistencia al mercado total no puede ser reconocida como legítima; tiene que ser reprimida. Y la represión que requiere la implantación del mercado total exige, inevitablemente, una forma de poder que esté por encima del juego democrático: el Estado de Seguridad Nacional.

Hinkelammert muestra también la conexión entre el neoliberalismo y el fundamentalismo cristiano norteamericano como dos caras de un mismo proyecto político. El fundamentalismo provee la mística de la catástrofe —la anticipación del Armagedón como voluntad divina— que racionaliza tanto la disposición a la guerra nuclear como la indiferencia ante la miseria producida por el mercado total. Michael Novak, el teólogo del American Enterprise Institute, es el objeto privilegiado del análisis: su tesis de que la empresa capitalista es una "encarnación de la presencia de Dios" lleva directamente a la conclusión de que cualquier crítica al capitalismo es una profanación.

5. Dimensión ideológica y mítica

La función del mito

Uno de los aportes más originales y menos frecuentemente destacados del libro es la teoría del mito como componente estructural del orden social. Hinkelammert argumenta que el pensamiento secular moderno, al proclamar la superación del pensamiento mítico mediante la razón instrumental, no eliminó el mito sino que lo desplazó al ámbito del inconsciente político. Los mitos secularizados —el mito del progreso, el mito del mercado como institución perfecta, el mito del comunismo como mal absoluto, el mito del socialismo como futuro inevitable— funcionan exactamente como los mitos religiosos: organizan la percepción del mundo, jerarquizan los hechos, determinan el sentido de lo político y legitiman el sacrificio.

La función más importante del mito en el análisis político de Hinkelammert es la de jerarquizar el mundo mítico-religioso en correspondencia con el principio de jerarquización de los derechos humanos propio de cada sistema de relaciones de producción. El sentido común de una sociedad no se produce solo mediante argumentos racionales: se produce mediante la reconfiguración del universo mítico que hace inteligibles, naturales y necesarias las relaciones de poder existentes. La ética protestante que analizó Max Weber es el ejemplo histórico privilegiado: la reforma calvinista reordenó el mundo mítico cristiano de manera que su anticipación resultaba en las relaciones capitalistas de producción.

En América Latina, este proceso se repite en sentido inverso con la teología de la liberación: las comunidades de base reordenan el mundo mítico-religioso cristiano a partir del criterio de la vida concreta de los pobres, produciendo un sentido común que entra en conflicto con el sentido común del mercado total. No es casual que el gobierno Reagan declarara la lucha contra la teología de la liberación como un problema de Seguridad Nacional: si el mito es parte constitutiva del orden social, entonces el conflicto sobre el mito es también un conflicto político.

Crítica al positivismo

La crítica al positivismo en el libro de Hinkelammert es transversal a todo el análisis, pero se formula con mayor explicitez en la discusión metodológica sobre Weber y la teoría neoclásica. El positivismo —en su versión weberiana, popperiana o neoclásica— opera mediante la distinción entre hechos y valores: los hechos son accesibles a la ciencia; los valores son decisiones subjetivas fuera del alcance de la razón científica. Esta distinción parece garantizar la neutralidad y objetividad de la ciencia social.

Pero Hinkelammert muestra que esa distinción es ideológica: al declarar como hechos las relaciones capitalistas de producción y como valores (subjetivos, irracionales) las exigencias de transformación de esas relaciones, el positivismo no es neutral; toma partido por el statu quo en nombre de la ciencia. Los "hechos" que la ciencia social burguesa describe —la inevitabilidad del mercado, la imposibilidad del socialismo, la naturaleza humana como individuo maximizador— son ya resultados de una operación valorativa previa que ha convertido las relaciones históricas y contingentes del capitalismo en necesidades objetivas de la realidad social.

La consecuencia es que el positivismo, al proclamar que los valores están fuera de la razón, los entrega a la irracionalidad del mito. No es que el positivismo elimine los mitos: los libera de la crítica racional. El resultado paradójico es que el cientifismo más radical produce el espacio para el irracionalismo más absoluto —el mito fundacional de la nación, la raza, el mercado, la eficiencia. Hinkelammert encuentra en esta paradoja la clave para comprender la conexión histórica entre el positivismo científico de la economía y la mística de muerte del fundamentalismo y el nazismo.

6. Dimensión teológica

Teología de la liberación

La tercera parte del libro introduce la dimensión teológica no como un añadido extrínseco al análisis social, sino como su consecuencia necesaria. Si el orden social está sostenido por mitos secularizados —el automatismo del mercado, la empresa como encarnación de Dios, el capitalismo como realización del Espíritu— entonces la crítica a ese orden requiere también operar en el registro mítico-teológico. La teología de la liberación es la que proporciona ese registro.

Hinkelammert presenta la teología de la liberación como la elaboración religiosa de una demanda que es también económico-política: la demanda del derecho de todos a una vida concretamente vivible. El punto de partida es la fórmula "Dios es un Dios de la vida", que la teología conservadora comparte formalmente pero que la teología de la liberación reformula materialmente: si Dios es el Dios de la vida, su voluntad es que todos los hombres puedan vivir; y si hay hombres que no pueden vivir —que son privados de las condiciones materiales de su reproducción—, entonces hay una ofensa a Dios que se llama pobreza. La pobreza no es una condición humana inevitable, sino el resultado de acciones humanas que excluyen a otros del acceso a los medios de vida.

Esta reformulación teológica tiene consecuencias prácticas inmediatas: la "opción preferencial por los pobres" no es un imperativo de caridad sino un imperativo de justicia que proviene de la naturaleza misma de Dios. Oponerse a la pobreza es hacer la voluntad de Dios; mantener o reproducir las condiciones que producen pobreza es, objetivamente, una idolatría. En este sentido, la teología de la liberación no es un complemento a la política, sino su fundamento: proporciona el horizonte de sentido desde el cual la exigencia de transformación de las relaciones de producción adquiere su dimensión de ultimidad.

Hinkelammert analiza también la historia del cielo como historia de las anticipaciones que las diferentes formaciones sociales han proyectado sobre la trascendencia. El cielo feudal jerarquizado, el cielo de almas iguales de la sociedad burguesa, la nueva tierra del apocalipsis cristiano reinterpretada por la teología de la liberación: cada configuración del cielo corresponde a una configuración de las relaciones de producción y viceversa. La revolución que Marx produjo en la tierra —la demanda de igualdad real, no solamente formal— produjo también una revolución en los cielos: ya nadie puede vender al creyente el cielo de las almas abstractas; lo que convoca al creyente es la esperanza de una tierra nueva, esta tierra sin la muerte.

El Dios de la vida como categoría crítica

La categoría del "Dios de la vida" funciona en el libro de Hinkelammert como la síntesis teológica de toda la crítica precedente. Frente al Dios de Michael Novak —el "santuario vacío" que bendice el campo de batalla del mercado total, el Dios que es trascendencia de la nada—, Hinkelammert propone el Dios de la vida como la categoría que afirma la plenitud de la vida concreta de todos los seres humanos como criterio de discernimiento de cualquier sistema social.

Este Dios no es el garante del orden establecido sino su crítico: si el Dios de la vida quiere que todos vivan, entonces cualquier sistema que produzca muerte —que excluya a seres humanos del acceso a las condiciones materiales de su reproducción— está en contradicción con la voluntad de Dios. Esta es la base teológica de lo que Hinkelammert llama la "crítica del fetichismo": el mercado total, como el becerro de oro, promete salvación pero produce sacrificio. Los excluidos por el mercado son sacrificados en el altar de la eficiencia del mercado; los pobres son el precio del automatismo del mercado. La teología de la liberación nomina este sacrificio por su nombre: ídolo que pide víctimas humanas.

La comparación que establece Hinkelammert entre el fundamentalismo y la teología de la liberación en el capítulo sobre la historia del cielo es particularmente iluminadora. Ambas corrientes parten de la misma imagen —la nueva tierra, la tierra sin la muerte— pero derivan consecuencias opuestas. El fundamentalismo anticipa esa nueva tierra promoviendo la catástrofe: si el Armagedón es la condición del milenio, la destrucción del mundo presente es voluntad de Dios. La teología de la liberación anticipa la nueva tierra mediante el acercamiento progresivo: en el grado en que sea posible dadas las condiciones históricas, la sociedad puede aproximarse a la vida plena de todos.

Esta diferencia teológica tiene consecuencias políticas directas: mientras el fundamentalismo produce la mística de la guerra, el armamentismo y la indiferencia ante la miseria, la teología de la liberación produce la mística de la resistencia, la solidaridad y la construcción del sujeto popular. Frente al "santuario vacío" del capitalismo democrático, Hinkelammert propone la confesión del Dios de la vida como acto político: reconocer a todos los seres humanos como sujetos de su vida concreta, negarse a sacrificarlos en nombre de ningún automatismo institucional.

7. Discusión crítica

Aportes

Los aportes de Democracia y totalitarismo son múltiples y de diversa naturaleza. En primer lugar, la obra produce un desplazamiento epistemológico fundamental: la pregunta por la democracia deja de ser una pregunta sobre procedimientos (¿cuántos partidos?, ¿qué sistema electoral?) y se convierte en una pregunta sobre las condiciones materiales de posibilidad de la democracia real (¿puede la mayoría reproducir su vida mediante el trabajo?). Este desplazamiento articula el análisis político con el análisis económico de una manera que ni el liberalismo ni el marxismo ortodoxo habían logrado plenamente.

En segundo lugar, la teoría de la inversión ideológica de los derechos humanos es una herramienta analítica de gran poder explicativo que permite comprender los mecanismos de legitimación del terrorismo de Estado sin recurrir a la simple hipocresía. Los actores del terrorismo de Estado no son simplemente hipócritas que proclaman los derechos mientras los violan: son actores que genuinamente experimentan la violación de derechos como afirmación de derechos, porque el principio de jerarquización que opera en su esquema ideológico produce esa inversión.

En tercer lugar, el análisis de la democracia de Seguridad Nacional anticipa con notable precisión las formas de neopopulismo autoritario y de "democracia iliberal" que proliferan en el mundo contemporáneo. La tesis de que la democracia liberal tiende a producir una segunda soberanía —no representativa, no elegida, que controla la soberanía popular representativa— tiene un valor explicativo que supera con creces el contexto histórico en que fue formulada.

En cuarto lugar, la articulación entre economía, política y teología que el libro realiza constituye una contribución metodológica significativa a la tradición del pensamiento crítico latinoamericano. Hinkelammert muestra que no es posible comprender el orden social sin comprender su dimensión mítica, y que no es posible criticarlo sin operar también en ese registro.

Tensiones

El libro presenta también tensiones internas que conviene señalar honestamente. La más importante es la relación entre su análisis teórico y los contextos históricos concretos en que fue escrito. Algunos análisis —especialmente los referidos a Nicaragua, El Salvador y la política de Reagan— están tan anclados en la coyuntura de los años ochenta que pueden parecer sobredeterminados políticamente, incluso cuando el argumento teórico es sólido. La permanencia del análisis teórico contrasta con el envejecimiento de algunos análisis históricos concretos.

Otra tensión se produce entre la vocación analítica del libro y su dimensión propositiva. Hinkelammert describe con precisión los mecanismos que producen el totalitarismo desde dentro de la democracia, pero la propuesta de salida —confesar el Dios de la vida, construir una democracia fundada en la satisfacción de necesidades de todos— permanece en un nivel de abstracción que no llega a articularse con estrategias políticas concretas. Esta tensión entre diagnóstico y propuesta es característica de la teoría crítica en general, pero en un libro tan directamente preocupado por la transformación política resulta más perceptible.

Límites

Entre los límites del libro destaca la ausencia de una teoría elaborada de los sujetos históricos de transformación. Hinkelammert menciona los movimientos populares, las comunidades de base, la teología de la liberación como productores de un sentido común alternativo, pero no desarrolla una teoría de los actores políticos que podrían realizar las transformaciones que su análisis exige. Esta ausencia se conecta con otra: la obra carece de una teoría del Estado como aparato específico de organización de la coerción y el consenso; el Estado aparece más como efecto de las relaciones de producción y del principio de jerarquización que como actor con lógicas relativamente autónomas.

El análisis de las formas de resistencia al mercado total también es relativamente breve. La última parte del capítulo sobre el mercado total y el capítulo sobre la democracia de Seguridad Nacional señalan la posibilidad de una "resistencia civil", pero no desarrollan cuáles serían sus formas, sus actores y sus condiciones de posibilidad. El libro es, en este sentido, más poderoso como teoría crítica que como teoría política de la transformación.

Finalmente, aunque el libro anticipa con notable agudeza muchas de las problemáticas contemporáneas —las democracias iliberales, el populismo autoritario, la crisis de reproducción ambiental, la teologización del mercado—, no puede prever las formas específicas en que el capitalismo financiarizado del siglo XXI ha transformado las condiciones de reproducción de la vida humana. La financiarización, las plataformas digitales como nuevas formas de extracción de valor, los algoritmos como nuevas formas de racionalización formal: todos estos fenómenos exigirían una actualización del análisis hinkelammertiano que él mismo no pudo realizar.

8. Conclusión

Democracia y totalitarismo es, cuatro décadas después de su publicación, un libro que no ha perdido su capacidad de interpelar. Su argumento central —que el mercado total tiende estructuralmente al totalitarismo porque subordina la reproducción de la vida humana a la lógica de la acumulación y produce, para mantener ese orden, formas de poder que cancelan la soberanía popular real— describe con precisión creciente las tendencias que caracterizan al capitalismo contemporáneo.

La democracia liberal, en América Latina y más allá de ella, sigue produciendo las paradojas que Hinkelammert analizó: proclama la igualdad de todos mientras excluye a la mayoría de los bienes que hacen posible vivir esa igualdad; afirma los derechos humanos de todos mientras sacrifica a los excluidos por el mercado en nombre de la eficiencia; nombra a la democracia como valor supremo mientras instala mecanismos de control sobre la soberanía popular que la neutralizan cuando amenaza las relaciones de producción. El Estado de Seguridad Nacional no desapareció: se racionalizó, se diversificó, se adaptó a nuevas formas institucionales.

La contribución metodológica del libro —articular economía, política y teología como dimensiones de un mismo sistema de reproducción social— sigue siendo, en el contexto latinoamericano y global, una de las pocas aproximaciones que logra dar cuenta de la complejidad real del orden social sin reducirlo a ninguno de sus momentos. La crisis de reproducción ambiental, la financiarización de la vida cotidiana, el autoritarismo electoral de los populismos contemporáneos, la teologización neoconservadora: todos estos fenómenos son más comprensibles desde Hinkelammert que desde cualquier teoría que reduzca la política a procedimientos o la economía a modelos.

La pregunta que el libro deja abierta —cuál es el sujeto político y la forma de organización capaz de afirmar la reproducción de la vida humana frente al mercado total— es, precisamente, la pregunta política más urgente del siglo XXI. Que Hinkelammert no la haya resuelto no disminuye el mérito de haberla formulado con la profundidad y la precisión que este libro testimonia.

— Análisis elaborado a partir de lectura integral del texto original —


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