El Cesar-Dios
El 9 de febrero de 2020, se ingresó a la Asamblea Legislativa de El Salvador acompañado de militares armados, se tomó el sillón presidencial del hemiciclo y se declaró abierta una sesión extraordinaria que la Asamblea había rechazado convocar. Antes de retirarse, amparado según sus propias palabras
SERIE: TEOLOGÍA POLÍTICA CRÍTICA — PARTE II
El César-Dios
Mesianismo político, apropiación religiosa del poder y erosión democrática en América Latina
I. La escena de la consagración
El 9 de febrero de 2020, se ingresó a la Asamblea Legislativa de El Salvador acompañado de militares armados, se tomó el sillón presidencial del hemiciclo y se declaró abierta una sesión extraordinaria que la Asamblea había rechazado convocar. Antes de retirarse, amparado según sus propias palabras en un "derecho divino" (Evangélico Digital, 9 de febrero de 2020), se dirigió a cientos de seguidores congregados en el exterior y pronunció la frase que quedaría como emblema del episodio: "Yo le pregunté a Dios, y Dios me dijo: paciencia, paciencia, paciencia" (La Prensa Gráfica, 9 de febrero de 2020). No fue un accidente retórico ni un gesto espontáneo de devoción: fue la condensación visible de una operación política construida durante meses, la consagración pública del líder como instrumento del mandato divino, situado por encima de la deliberación parlamentaria y del Estado de derecho.
Lo que esa escena produjo en la comunidad creyente no fue simplemente adhesión emocional. Produjo algo más preciso y más peligroso: la suspensión del juicio crítico ante el poder, reemplazado por la certeza de que resistir al líder equivale a resistir a Dios. Este artículo analiza cómo opera esa operación, a qué genealogía teológico-política pertenece y por qué constituye simultáneamente una herejía teológica y una amenaza democrática.
En el artículo anterior de esta serie, "El Dios-Sustantivo", examinamos cómo cierta teología popular latinoamericana produce un Dios pasivo: un sustantivo que legitima el orden existente, que convierte la resignación ante la injusticia en virtud religiosa. Ese Dios no actúa; avala. Aquí examinamos el movimiento simétrico e inverso: la producción de un César que actúa con mandato divino, un verbo revestido de sacralidad. Ambas operaciones se necesitan mutuamente: el Dios-Sustantivo produce la base creyente pasiva que el César-Verbo requiere para operar sin resistencia.
La pregunta central que organiza este análisis es la siguiente: ¿cómo se produce la sacralización del poder político en el contexto evangélico latinoamericano contemporáneo, qué funciones cumple y qué consecuencias institucionales genera? Para responderla, este texto articula la teología política de Carl Schmitt y Ernst Kantorowicz con el mesianismo de Walter Benjamin, la psicología social crítica de Ignacio Martín-Baró y la teología de la memoria de Johann Baptist Metz, poniéndolos en diálogo con los casos de El Salvador, Brasil, Perú y Argentina.
II. Genealogía del César-Dios: soberanía, cuerpo sagrado y tiempo mesiánico
Carl Schmitt abrió "Teología política" (1922) con una frase que sigue siendo incómoda para el constitucionalismo liberal: "Soberano es quien decide sobre el estado de excepción." La incomodidad no proviene de su radicalidad, sino de su exactitud descriptiva. Lo que Schmitt identificó no fue una patología del derecho sino su condición de posibilidad: en cada orden jurídico existe un punto en que la norma se suspende por decisión de quien tiene el poder de hacerlo, y ese punto revela quién manda de verdad. Pero Schmitt fue más lejos: los conceptos políticos modernos —soberanía, emergencia, decisión— son, en su estructura lógica, conceptos teológicos secularizados. El soberano ocupa el lugar estructural que en la teología ocupaba Dios: el punto desde el cual el orden se funda y puede, legítimamente, suspenderse.
Esta genealogía es imprescindible para comprender lo que sucede cuando un líder político latinoamericano declara tener mandato divino. No está simplemente añadiendo retórica religiosa a un discurso político preexistente: está actualizando —con recursos teológicos explícitos, literalmente confesionales, no secularizados— la estructura schmittiana del soberano. El "Dios me dijo paciencia" de Bukele o su autodefinición como "instrumento de Dios" (publicada en redes sociales el 22 de marzo de 2021, como documenta Bonilla [2021] en Revista Factum) no son metáforas: son la producción literal del soberano-sacerdote que funde en una sola figura la decisión política y la autorización divina, eliminando el espacio de escrutinio que normalmente existe entre ambas.
Ernst Kantorowicz, en "Los dos cuerpos del rey" (1957), rastreó cómo la teología medieval europea construyó la distinción entre el cuerpo natural del rey —mortal, falible— y su cuerpo político —inmortal, infalible, portador de la dignitas regis. Esta distinción tenía una función precisa: permitir que el rey pudiera equivocarse o morir sin que el orden político colapsara; la institución sobreviviría a la persona. Pero en la variante latinoamericana contemporánea, la estructura se invierte: el cuerpo político del líder no es impersonal ni institucional, sino que se funde con su cuerpo natural a través de la unción carismática. El líder no representa a la institución; la institución existe para representarlo a él. De ahí que el ataque al líder sea percibido como ataque al cuerpo político mismo, y que su sustitución se vivencie como catástrofe ontológica, no como alternancia democrática.
Walter Benjamin, en sus "Tesis sobre la filosofía de la historia" (1940), describió el mesianismo como una irrupción del tiempo pleno —el Jetztzeit— en el tiempo vacío y homogéneo del progreso. Para Benjamin, el verdadero mesianismo no es promesa de futuro mejor: es una detención del presente que hace justicia a los que perdieron. Pero Benjamin también advirtió sobre la apropiación política del tiempo mesiánico: el fascismo opera convirtiendo la emergencia en norma, el estado de excepción en régimen permanente. El mesianismo político latinoamericano realiza esa operación con precisión: toma prestada la gramática de la ruptura y la urgencia para producir, no la redención de las víctimas, sino la legitimación del líder como agente privilegiado de la historia.
Ernesto Laclau, en "La razón populista" (2005), describió estructuralmente cómo se construye el liderazgo populista: el líder funciona como "significante vacío", un nombre que condensa demandas heterogéneas en una identidad colectiva unificada. El pueblo no preexiste al líder; es producido por él en el acto mismo de nombrarlo. Lo que el mesianismo político añade a esta estructura es un elemento que Laclau no problematizó suficientemente: la autorización extra-política del significante vacío mediante la unción divina. El líder no solo representa al pueblo; es enviado para salvarlo. Esa adición transforma la identidad colectiva en comunidad de fe y la oposición política en apostasía.
III. Cuatro laboratorios del mesianismo político latinoamericano
El Salvador: el autogolpe como liturgia
Lo que ocurrió el 9 de febrero de 2020 en la Asamblea Legislativa tuvo todas las características formales de un autogolpe: un presidente que desplegó fuerza militar para presionar a un poder del Estado independiente, amenazando con disolver la Asamblea si no aprobaba el presupuesto requerido. Pero lo que convirtió el episodio en un hito del mesianismo político fue su dimensión litúrgica: el silencio en el estrado, la oración pública, la convocatoria a la comunidad creyente a validar en tiempo real, desde sus dispositivos, si "sentían la voz de Dios" apoyando al presidente.
La gramática religiosa de Bukele no emergió ese día: la había construido metódicamente. En su discurso de toma de posesión en 2019 declaró: "Nadie se interpondrá entre Dios y su pueblo para poder cambiar a El Salvador" (Bonilla, 2021). El 17 de noviembre de 2019, en una reunión con medios evangélicos internacionales, afirmó: "Cuando Dios decide algo, ni uno puede contra eso" (Bonilla, 2021). El 22 de marzo de 2021, tras la victoria arrasadora de Nuevas Ideas en las elecciones legislativas, publicó en redes sociales que era "un instrumento de Dios" en la nueva historia del país (Bonilla, 2021). Esa progresión discursiva traza con claridad el arco de la operación schmittiana: del candidato que dice conocer la voluntad divina al soberano que se identifica con ella.
La alianza con el campo religioso tuvo su correlato institucional. La investigación de Alharaca (2024) documentó que tres diputados de Nuevas Ideas —Aronette Mencía, Caleb Navarro y Rubén Flores— ejercen activamente como predicadores, en violación de la disposición constitucional que prohíbe a ministros religiosos involucrarse en política. Flores y Navarro son predicadores de la Iglesia La Luz del Mundo, cuyo megaproyecto inmobiliario denominado "Ciudad La Luz del Mundo" recibió respaldo político del gobierno. La transferencia de capital simbólico fue, como describe Bourdieu (1971), bilateral y negociada.
Las consecuencias institucionales no tardaron en materializarse. En 2021, la Asamblea dominada por Nuevas Ideas destituyó a los magistrados de la Sala Constitucional y al Fiscal General, reemplazándolos con figuras afines. La nueva Sala dictaminó, con discutible base jurídica, que la Constitución —que prohíbe expresamente la reelección inmediata— la permitía en realidad. A partir de marzo de 2022, la implementación del régimen de excepción llevó a la detención de más de 83.000 personas, incluyendo aproximadamente 3.000 menores de edad, con documentación extensa de detenciones arbitrarias, torturas, desapariciones forzadas y al menos 261 muertes bajo custodia (Human Rights Watch y Cristosal, 2022; Human Rights Watch, 2025). El César-Dios se había otorgado a sí mismo la perpetuidad e impunidad que la democracia liberal se suponía radicalmente incapaz de garantizar.
Brasil: la guerra espiritual como política de Estado
Jair Bolsonaro construyó su candidatura presidencial de 2018 sobre una alianza estratégica con el neopentecostalismo brasileño que merece análisis sociológico preciso. No se trató de un apoyo electoral genérico: fue una articulación estructural entre la teología de la guerra espiritual —que divide el mundo en fuerzas del bien y del mal en combate cósmico— y una agenda política que necesitaba exactamente ese marco para legitimar la violencia simbólica y real contra sus adversarios.
La figura de Damares Alves es en este sentido paradigmática. Pastora evangélica y jurista, fue designada ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos. Sus declaraciones públicas —incluyendo la afirmación de que "Jesús entró en mi cuarto a los seis años y me dijo que sería ministra"— no deben leerse como extravagancia individual. Son la puesta en escena de una teología de gobierno en la que el ejercicio del poder ejecutivo es directamente una misión sobrenatural. La ministra no administra: cumple un mandato celeste.
El capital simbólico que las iglesias neopentecostales transfirieron a Bolsonaro —para usar la categoría de Bourdieu (1971)— tuvo valor de mercado político concreto. A cambio, el gobierno entregó posiciones en el aparato del Estado, financiamiento a organizaciones religiosas y cobertura institucional para agendas anti-derechos. Fue una economía de intercambio en el campo religioso-político cuya lógica es exactamente la que Bourdieu describió: el capital simbólico se convierte en capital político cuando ambos campos se superponen funcionalmente, con beneficios mutuos para los operadores de cada lado.
La pandemia de COVID-19 expuso con nitidez la operación mesiánica en sus consecuencias más letales. Bolsonaro catalogó el coronavirus como "gripezinha", convocó a Brasil a no tener miedo porque "Dios es brasileño" y resistió sistemáticamente las medidas sanitarias que habrían reducido la mortalidad. La teología del César-Dios convirtió la negligencia epidemiológica en acto de fe, y la crítica científica en ataque al ungido. Para el 28 de marzo de 2023, Brasil registró su muerte número 700.000 por COVID-19, convirtiéndose en el segundo país del mundo con mayor número de víctimas, detrás únicamente de Estados Unidos (Ministerio de Salud de Brasil, 2023; PAHO, 2023). La ministra de Salud del gobierno siguiente, Nísia Trindade, señaló directamente la gestión de Bolsonaro como factor determinante en esa cifra (Agência Brasil, 2023).
Perú: la infraestructura eclesial del fujimorismo
El caso de Alberto Fujimori (1990-2000) ofrece perspectiva histórica que permite mostrar que el mesianismo político latinoamericano no es un fenómeno reciente: tiene al menos tres décadas de historia regional documentada. En las elecciones de 1990, Fujimori llegó al poder con un apoyo evangélico sin precedentes: 18 representantes evangélicos llegaron al Congreso en su coalición, y el pastor Carlos García García asumió como segundo vicepresidente de la República (BiteProject, 2022). Fujimori no construyó su mesianismo mediante declaraciones de unción divina explícitas, sino a través de una retórica de redención nacional con gramática tecnocrática: el "chino" que venía de fuera de la clase política corrompida, portador del mandato del pueblo sufrido para hacer lo que ningún político ordinario se atrevería.
Las iglesias evangélicas —particularmente en sectores populares urbanos y en la sierra— operaron como red de legitimación y movilización no porque Fujimori fuera evangélico, sino porque la estructura de su propuesta encajaba con la gramática del liderazgo carismático que esas comunidades reconocían como auténtico. La alianza, sin embargo, tuvo un desenlace que se convertiría en advertencia histórica para el campo evangélico peruano: cuando Fujimori ejecutó el autogolpe del 5 de abril de 1992 —disolviendo el Congreso, el Ministerio Público, el Poder Judicial y los gobiernos regionales— la propia comunidad evangélica que lo había apoyado se sintió traicionada. El pastor García García se opuso públicamente al golpe y debió solicitar asilo en la embajada argentina (BiteProject, 2022). El líder Humberto Lay declararía años después: "El pueblo evangélico fue engañado porque lo presentaron como un hermano en la fe. Hay arrepentimiento de mucha gente porque cuando condujo el autogolpe le dio la espalda al pueblo evangélico" (Actualidad Evangélica, s.f.).
El autogolpe del 5 de abril de 1992 tuvo, sin embargo, un respaldo popular inicial que documentó la encuestadora Apoyo (hoy Ipsos): 48 horas después del golpe, un 71% de los ciudadanos encuestados en Lima aprobaba la disolución del Congreso y un 89% respaldaba la reestructuración del Poder Judicial (Apoyo, 1992, citado en Infobae, 2024). Alfredo Torres, presidente ejecutivo de Ipsos Perú, ha sintetizado la paradoja: "La disolución del Parlamento en 1992 tuvo el apoyo del 80% de la población, pero al mismo tiempo el 84% apoyaba que se convocara a elecciones parlamentarias anticipadas" (Torres, citado en El Comercio, 2021). Ese dato ilustra con precisión la mecánica del mesianismo político: la base creyente y popular apoya la ruptura institucional en nombre de la salvación, pero no renuncia a la legitimación democrática posterior; quiere al César ungido y a las elecciones como ritual de confirmación.
Argentina: el mesianismo libertario de nuevo cuño
El ciclo 2023-2024 en Argentina introduce una variante que merece tratamiento específico porque incorpora una novedad estructural: el mesianismo político articulado con el libertarismo económico y el pentecostalismo de tercera ola en una combinación que hasta hace poco parecía teóricamente improbable. Javier Milei construyó su campaña presidencial con elementos claramente mesiánicos —"soy el león enviado por Dios para destruir la casta"— pero articulados no con la teología de la prosperidad neopentecostal convencional, sino con una visión escatológica en la que el mercado libre es el orden natural creado por Dios y el Estado intervencionista es la encarnación del mal.
La articulación institucional entre Milei y el campo evangélico fue documentada durante la campaña: la Federación Argentina de Pastores Evangélicos (FAPE), cuyo presidente Ariel David Díaz se constituyó en coordinador de La Libertad Avanza (LLA) en la quinta sección electoral bonaerense, respaldó públicamente su candidatura (ANRed, 2023). Tras su victoria, la alianza se institucionalizó: en noviembre de 2024, Milei recibió la bendición formal de entre 40 y 50 pastores en la Casa Rosada, en un acto organizado por la Alianza de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (ACIERA), que agrupa a más de 15.000 congregaciones (La Nación, 2025). El gobierno transfirió posteriormente más de 170 millones de pesos a organizaciones evangélicas vinculadas a funcionarios y legisladores de LLA (La Política Online, 2024). El investigador Ariel Goldstein (CONICET) ha analizado cómo los pastores se convierten en "intermediarios para la sustentabilidad de la ultraderecha" que "la legitiman ante sectores sociales amplios" (Cenital, 2025).
La novedad teológico-política de este caso radica en que el mesianismo no promete redistribución ni seguridad pública: promete destrucción del orden existente como acto de purificación. Es un mesianismo que Benjamin habría reconocido como la inversión perversa de su propia categoría: no la irrupción del tiempo pleno que hace justicia a los vencidos, sino la irrupción del tiempo del mercado que desmantela las protecciones que los vencidos habían logrado construir. La retórica de la motosierra —como metáfora del líder que corta lo que el establishment protegía— es el gesto mesiánico en su versión destructiva.
La comparación de los cuatro casos permite identificar tres constantes estructurales: primero, un discurso de mandato externo a la política ordinaria —divino, histórico, del pueblo como entidad mística—; segundo, la presencia de brokers eclesiásticos que operan activamente como intermediarios de legitimación, con beneficios institucionales para las organizaciones que participan; y tercero, consecuencias que apuntan sistemáticamente a la erosión de los mecanismos independientes de control del poder.
IV. La trampa simétrica: el Dios-Sustantivo necesita al César-Verbo
En el artículo anterior de esta serie analizamos cómo la teología del fatalismo —lo que Ignacio Martín-Baró denominó el "fatalismo ideológico"— produce sujetos que experimentan el orden social como natural, inevitable y, en última instancia, expresión de la voluntad divina. Martín-Baró (1987) describió este proceso como la interiorización de la impotencia: el creyente que ha aprendido que los males sociales forman parte de un plan divino que lo supera no solo no actúa para transformar ese orden, sino que experimenta el intento de transformación como pecado o como imprudencia temeraria.
Esta base creyente pasiva es condición estructural de posibilidad del César-Dios. Si el pueblo ha interiorizado que el orden es divino y que la resistencia es impiedad, entonces el líder que se presenta como instrumento de ese orden divino captura sin fricción la autorización simbólica que necesita para actuar sin rendición de cuentas. La pasividad teológica de la base y la actividad teológica del ungido no son fenómenos independientes ni accidentalmente coincidentes: son los dos polos de un mismo dispositivo de dominación. El Dios-Sustantivo del fatalismo debe ser producido antes de que el César-Verbo pueda ser aceptado como tal.
Pierre Bourdieu (1971) describió el campo religioso como un espacio de producción y distribución de bienes simbólicos en el que los especialistas religiosos compiten por el monopolio de la gestión de lo sagrado. En condiciones de dominación política, ese campo puede funcionar como mecanismo de legitimación del orden: las iglesias que unguen al líder no están traicionando su función religiosa desde afuera de ella, sino cumpliendo una de sus funciones estructurales más antiguas. Lo que distingue al neopentecostalismo político latinoamericano es que la transferencia de capital simbólico entre el campo religioso y el campo político se vuelve explícita, consciente y negociada: ya no es la legitimación tácita de una iglesia establecida, sino un contrato de intercambio entre brokers religiosos y operadores políticos.
Giorgio Agamben, en "Estado de excepción" (2003), radicalizó la intuición schmittiana: el estado de excepción no es la suspensión temporal del orden jurídico sino su condición permanente en las democracias contemporáneas. Esta tesis es analíticamente útil para comprender cómo el mesianismo político latinoamericano naturaliza la emergencia: el líder-Mesías necesita la crisis permanente —la inseguridad, la corrupción, la amenaza externa— para mantener activo el mandato de salvación. Sin emergencia no hay Mesías. Por eso los líderes mesiánicos no buscan resolver definitivamente las crisis sino administrarlas: la solución total cancelaría la condición de posibilidad de su propia sacralidad.
La trampa simétrica tiene, entonces, una lógica precisa y autoreforzante: el Dios-Sustantivo produce sujetos con la capacidad de acción política autónoma bloqueada; el César-Verbo captura esa incapacidad y la redirige como adhesión entusiasta al ungido. Juntos, constituyen un dispositivo completo de reproducción del autoritarismo que no necesita la represión brutal para funcionar —aunque puede recurrir a ella cuando lo requiere— porque opera principalmente a través del consentimiento activo de los gobernados. El caso peruano ofrece, en este sentido, el ejemplo más ilustrativo: la misma comunidad evangélica que había apostado por Fujimori descubrió, después del autogolpe de 1992, que el instrumento del mandato divino había utilizado su capital simbólico para consolidar un poder que ya no les rendía cuentas a ellos.
V. La memoria peligrosa como antídoto teológico y político
Si el diagnóstico anterior es correcto, el antídoto no puede ser simplemente político ni simplemente teológico: debe ser ambas cosas simultáneamente, y debe operar desde adentro de la tradición religiosa que ha sido capturada. Johann Baptist Metz acuñó la expresión "memoria peligrosa" (gefährliche Erinnerung) para designar la práctica de fe que recuerda a las víctimas del orden vigente como acto subversivo (Metz, 1979). Frente a la memoria domesticada —que integra el sufrimiento pasado en una narrativa de progreso que lo justifica retroactivamente— la memoria peligrosa interrumpe ese relato y formula la pregunta incómoda: ¿quién pagó el precio de este orden? ¿A quién dejaron atrás?
La relevancia de esta categoría para el análisis del mesianismo político es directa. El César-Dios opera siempre sobre una narrativa de fundación: el líder que llegó para salvar al país del caos anterior. Esa narrativa requiere que las víctimas del nuevo orden sean invisibilizadas o reencuadradas como daño colateral necesario. En El Salvador, la memoria peligrosa tiene nombres concretos: los más de 83.000 detenidos bajo el régimen de excepción de Bukele, incluyendo aproximadamente 3.000 menores de edad y cientos de personas sin vínculo aparente con las pandillas, de los cuales al menos 261 murieron bajo custodia en circunstancias que el Estado no ha investigado adecuadamente (Human Rights Watch y Cristosal, 2022; Human Rights Watch, 2025). El mesianismo de Bukele depende estructuralmente de que esas personas permanezcan invisibles: su visibilidad pública desactiva la narrativa salvífica que sostiene su sacralidad política.
Martín-Baró ofreció el correlato psicosocial del antídoto de Metz. La concientización —término que tomó de Paulo Freire y radicalizó desde la psicología social— no es simplemente la toma de conciencia intelectual de la opresión: es la recuperación de la capacidad de actuar como sujeto histórico, la ruptura con la interiorización de la impotencia. Aplicada al mesianismo político, la concientización implica algo específico y difícil: la capacidad de distinguir entre el líder carismático que promete salvación y la comunidad organizada que produce transformación. Esa distinción es simultáneamente política y teológica. Políticamente, reinstala la autonomía del juicio ciudadano; teológicamente, devuelve la agencia a los sujetos que el Dios-Sustantivo había bloqueado.
La sentencia evangélica más citada y menos comprendida de la tradición cristiana —"Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios" (Mc 12:17)— es, en su contexto original, una declaración de límites, no una división funcional de esferas. Cristo no estaba estableciendo la separación Iglesia-Estado en sentido moderno liberal: estaba negando que el César pudiera reclamar para sí lo que pertenece a Dios. En el contexto del mesianismo político latinoamericano, esta sentencia recupera su filo original: la sacralización del César es precisamente la confusión que la frase prohíbe. Un líder político que dice tener mandato divino no está ampliando el reino de Dios: está usurpando el lugar de Dios para sus propósitos de poder. Y las iglesias que legitiman esa usurpación no están siendo fieles a su tradición; la están traicionando.
Esta lectura tiene implicaciones prácticas para las comunidades de fe que han operado como brokers del mesianismo político. Las iglesias que ungieron a Bolsonaro, que respaldaron a Bukele, que funcionaron como red de legitimación fujimorista, no cometieron simplemente un error político: realizaron una operación teológicamente herética desde su propia tradición confesional. La denuncia de esa herejía desde adentro del campo religioso —que es lo que la teología política crítica propone— no es antirreligiosa: es la defensa de la autenticidad de la fe frente a su captura instrumental. Esa defensa requiere el tipo de valentía que Metz llamaba "memoria peligrosa": la disposición a nombrar lo que el consenso del ungido preferiría mantener en silencio. El caso peruano demuestra que esa capacidad autocrítica existe dentro del propio campo evangélico: la ruptura de la comunidad evangélica con Fujimori tras el autogolpe es la prueba histórica de que el dispositivo puede ser desactivado desde adentro.
VI. Conclusiones: el mesianismo político como herejía y como amenaza
El análisis desarrollado en este artículo permite formular tres conclusiones con alcance tanto teórico como práctico.
La primera es que el mesianismo político latinoamericano no es un epifenómeno retórico sino un dispositivo estructural. No se trata de que líderes oportunistas usen el lenguaje religioso para movilizar votos en época electoral: se trata de una operación teológico-política compleja que reorganiza la relación entre soberanía, legitimidad y rendición de cuentas. Schmitt, Kantorowicz, Benjamin y Laclau ofrecen herramientas analíticas complementarias para describir esa operación en sus distintas dimensiones: la estructura de la soberanía, la sacralización del cuerpo político, el secuestro del tiempo mesiánico y la producción del significante vacío. Ninguna de estas herramientas es suficiente por sí sola; su articulación produce un diagnóstico más preciso que cualquiera de ellas por separado.
La segunda conclusión es que el dispositivo teológico-político completo requiere dos piezas que deben analizarse juntas: el Dios-Sustantivo del fatalismo ideológico y el César-Verbo del mesianismo político. La pasividad creyente y la actividad del ungido son mutuamente constitutivas. Esto tiene una implicación metodológica directa: cualquier análisis del autoritarismo latinoamericano que se concentre solo en el líder sin examinar las condiciones de posibilidad subjetiva que producen su base de apoyo será estructuralmente incompleto. Y tiene una implicación práctica: las estrategias de resistencia democrática que apunten solo a limitar al líder mediante mecanismos institucionales, sin trabajar en la des-fatalización de las bases creyentes, serán insuficientes para desactivar el dispositivo.
La tercera conclusión es que el antídoto existe y se encuentra, paradójicamente, en los recursos de la propia tradición religiosa que el mesianismo político ha capturado. La memoria peligrosa de Metz, la concientización de Martín-Baró y la sentencia evangélica sobre el César son herramientas teológicas que, activadas desde adentro del campo religioso, producen un contramovimiento capaz de erosionar la lógica del ungido. Esto distingue a la teología política crítica tanto de la secularización liberal —que propone privatizar la religión y sacarla del espacio público— como del fundamentalismo que la usa como arma: es la defensa de la autenticidad de la fe frente a su instrumentalización por el poder.
El mesianismo político latinoamericano no ha alcanzado su punto de saturación histórica. Las condiciones estructurales que lo producen —desigualdad persistente, instituciones débiles, memoria histórica fragmentada, comunidades de fe con liderazgos carismáticos no sometidos a control interno— siguen siendo las mismas en la mayor parte de la región. La pregunta que queda abierta para la siguiente entrega de esta serie es si las democracias latinoamericanas tienen los recursos institucionales, culturales y teológicos para contener el dispositivo antes de que lo que hoy parece excepción —el César-Dios constitucionalizado, perpetuado, impune— se vuelva simplemente la norma.
Referencias
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Este artículo forma parte de la serie Teología política crítica. El artículo anterior, "El Dios-Sustantivo: fatalismo, resignación y teología del orden en América Latina", analiza el polo complementario del dispositivo descrito aquí.